Y todo se fue cubriendo de verano

… casi sin darme cuenta…

Llegó agosto con su utopía vacacional y su oferta de tregua que todo el mundo parecía necesitar. Y yo, sin enterarme, con la mente saturada de ideas que no encuentran palabras.

Quizá porque las que yo frecuentaba han caducado de tanto derrocharlas. O peor, se han fugado hartas de tanta exigencia de precisión y genialidad. Adjetivos inservibles, verbos agotados de tanto abuso de definición, adverbios caóticos, sustantivos sin sustancia… ¡Pura deserción!

Y pienso que no debería sorprenderme porque hace tiempo que no encuentro acomodo en las corrientes, saciedad en las tendencias, ni status donde ahorcarme, así que acabo haciendo constantes acrobacias de sensibilidad.

Por eso, bajo el pretexto de que hoy la realidad me produce claustrofobia, el ambiente se vuelve sofocante, la narrativa insípida y el sentimiento inexpresivo, ha llegado el momento de sumergirse en una de esas tardes en blanco en las que hasta la propia identidad pierde relieve y el talante fuerza.

O tal vez de jugar a que no soy yo, sino la otra, liberada de toda lucidez, de toda madurez, de toda lógica.

Me sorprendió esta mañana, cuando me sentí incapaz de callejear por esos barrios dinámicos, cambiantes y retadores que conforman la red. Hoy, tal vez, debería haber vuelto al papel en blanco y al bolígrafo y por eso las palabras se han vengado, hartas de tanta exposición y tanto vínculo dispersante.

Bienvenido agosto. Sobre todo porque ya queda menos para disfrutar de los incomparables atardeceres de otoño.

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