De éxitos, victorias y triunfos

O una de marketing del pulpo

El partido España-Alemania fue un magnífico paréntesis para caminar por la ciudad vacía: sin coches, sin gente, sin ruido… El paseo marítimo de A Coruña y el entorno de nuestro patrimonio de la humanidad era un auténtico lujo de silencio.

Fue bonito mientras duró. Y no es que no me alegre del resultado, incluso en circunstancias en las que me importara menos prescindir de estos pequeños oasis de calma, podría haber visto y disfrutado el partido.

Y era de esperar la explosión de alegría si ganaba España, pero subscribo lo que dijo María Rubal pasado un tiempo más que respetable desde que finalizó el partido: Dios le da claxon al que no trabaja mañana…

Lo que me ha dado por pensar es si en el futbol, como en tantas otras cosas, se celebraba el éxito del trabajo bien hecho o la victoria en cuanto a superioridad y vencimiento del contrario. Por no ser radical, diré que me queda la duda.

Y ahora, a esperar que el buen hacer y la suerte se alíen de nuevo el próximo domingo. Teniendo en cuenta el vapuleo que le está tocando a España en los ámbitos económicos internacionales, ya me imagino el espíritu de triunfo generalizado al más puro estilo romano del vencedor de los enemigos de la República. Y la entrada triunfante con “gran pompa y acompañamiento”.

Esta psicosis de triunfo que nos consume y lo mal que se nos da reconocer y convivir con nuestros fracasos, está necesitando altas dosis de humildad. No hay más que ver las técnicas de motivación que usaba Guardiola con su tropa que tan bien ejemplifica lo del “macho dominante que necesita sentir placer de victoria”.

Parece ser que estos 7 minutos de vídeo épico y simplón, valga la redundancia conceptual, cumplieron los esperados objetivos de exaltación y emoción que llevaron al triunfo. Bueno, el visionado… y el mensaje final que se leía en pantalla:

“Somos el centro del campo, somos nuestra precisión, somos nuestro esfuerzo, somos atacantes que defienden, somos defensores que atacan, somos nuestra velocidad, somos el respeto a nuestros rivales, somos el reconocimiento de nuestros rivales, somos cada gol que hacemos, somos los que siempre buscamos la portería contraria. ¡SOMOS UNO!”. Mientras tanto, a un volumen atronador, el audio escupía el Nessun dorma, el aria del acto final de la ópera Turandot, de Giacomo Puccini:

“¡Disípate, oh noche! ¡Ocultaros, estrellas! ¡Ocultaros estrellas! ¡Al alba venceré! ¡Venceré! ¡Venceré!”.

Ya que esto del fútbol es inevitable, deberíamos intentar que este ejemplo de selección cohesionada se traslade al ámbito político. Si hace falta más pulpo que lo digan. Para eso estamos.

Y que conste que me gusta el éxito ¿A quién no? Pero no necesito que sentir que nadie pierde.

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