Consultoría y realidades

Utilidad analítica muy limitada, utilidad retórica enorme

Cuando un sistema de conocimiento fragmenta la realidad en problemas independientes, puede optimizar indefinidamente sus indicadores sin preguntarse por la viabilidad del conjunto.

Leía estos días varias noticias relativas al último informe de ONU Mujeres. Uno de esos informes que periódicamente certifican, con cifras cada vez más precisas, que la igualdad entre hombres y mujeres avanza demasiado despacio. Esta vez el titular tenía una de esas cifras destinadas a sobrevivir al propio informe: al ritmo actual, la igualdad real no se alcanzaría hasta finales del siglo que viene, concretamente en 2197.

El informe anual de desigualdad de género publicado esta semana por ONU Mujeres retrata un panorama global desolador en el que las “barreras sistémicas” a las mujeres bloquean el acceso a las posiciones de poder que permitirían desencallar los avances. Al ritmo de mejora actual (¿?), ni siquiera las niñas que nazcan ahora disfrutarán de una igualdad que pueda considerarse real, porque no se alcanzaría hasta finales del siglo que viene.

Reconozco que, llegados a este punto, mi primera reacción ya no es de alarma sino de cierta perplejidad metodológica. No porque considere irrelevantes las desigualdades que recoge el informe. Tampoco porque crea que no deban medirse. Precisamente porque llevo muchos años interesada en estos asuntos he terminado desconfiando de algunas maneras de observarlos.

Una cifra puede describir con bastante precisión dónde estamos y, sin embargo, no explicar absolutamente nada sobre cómo hemos llegado hasta allí. Que la mayoría de los puestos de poder estén ocupados por hombres es un dato. Pero que de ahí deduzcamos que no avanzamos porque los hombres ocupan el poder puede ser algo diferente:  puede convertir la descripción del resultado en explicación de su causa.

No podemos estar continuamente describiendo resultados de aquello que medimos de forma repetitiva. Hay que avanzar desde esa base de conocimiento, tratarla como un dato para avanzar hacia las preguntas. En este caso, como en tantos, las preguntas interesantes empiezan después:

  • Cómo se selecciona a quienes llegan
  • Quién financia
  • Qué disponibilidad temporal exige determinada trayectoria
  • Qué redes facilitan el acceso
  • Qué comportamientos recompensa una organización
  • Quién controla el presupuesto
  • Quién dispone de la información
  • Quién puede bloquear una decisión, aunque no aparezca en ninguna fotografía oficial

En otras palabras: ¿cuáles son los mecanismos?

Hace tiempo que me interesa más esa pregunta que la enumeración de efectos visibles. Porque contar hombres y mujeres puede ser un excelente detector de que algo sucede. El problema comienza cuando confundimos el detector con la explicación.

Algo parecido ocurre con esa proyección hasta 2197. No hace falta imaginar ningún futuro apocalíptico para admitir que sabemos muy poco acerca de cómo será una sociedad dentro de 171 años: Las estructuras productivas, la tecnología, el empleo, la demografía, los sistemas políticos, las migraciones o la propia organización institucional pueden experimentar transformaciones enormes mucho antes.

Por eso una fecha tan precisa produce una extraña paradoja:

cuanto más lejano es el horizonte, menos conocimiento real tenemos sobre él y, sin embargo, más exacta parece la cifra.

Quizá no estemos ante una predicción sino ante otra cosa: una forma muy eficaz de comunicar la lentitud del cambio. Y no es lo mismo. La cuestión se vuelve más interesante cuando alejamos un poco el foco. Mientras una institución calcula cuántos años faltan para alcanzar determinados indicadores de igualdad, otras miden hambre, mortalidad infantil, envejecimiento demográfico, desplazamientos forzosos, conflictos, deterioro ambiental o riesgos tecnológicos.

Cada una puede estar haciendo perfectamente su trabajo, y quizá ahí aparece precisamente una parte importante del problema:

  • Cada sistema institucional necesita aislar una parte de la realidad para poder estudiarla.
  • Después crea indicadores para medirla, categorías para describirla y especialistas que conocen el campo.
  • De ahí salen planes para intervenir, congresos para intercambiar conocimiento, presupuestos, programas y estructuras administrativas.

Todo ello tiene sentido, pero esa especialización contiene también un riesgo: que cada fragmento termine comportándose como si pudiera comprenderse independientemente del metabolismo general de la sociedad. La fragmentación produce especialización. La especialización produce métricas propias. Las métricas se institucionalizan. Y, poco a poco, aquello que nació como una herramienta para observar una parte de la realidad puede acabar convirtiéndose en la definición de la propia realidad.

Por otro lado, las instituciones no solo estudian problemas. También producen marcos de legibilidad y esos marcos determinan qué consideramos un problema, qué aceptamos como evidencia, qué aspecto debe tener una solución y qué indicadores demostrarán posteriormente que hemos avanzado. Entonces volvemos al surgimiento y confirmación de mecanismos:

Si definimos el problema mediante determinados indicadores, diseñaremos políticas destinadas a mover esos indicadores. Después evaluaremos las políticas utilizando los mismos indicadores y acabaremos premiando aquellas intervenciones que mejor demuestren que los han movido.

El sistema aprende qué aspecto debe tener el cambio para resultar reconocible por el propio sistema, no necesariamente qué transformación altera el mecanismo que producía el problema. Esto no convierte a todos los indicadores en inútiles, al contrario, sin ellos sería extraordinariamente difícil observar tendencias, detectar desigualdades o evaluar políticas. El problema aparece cuando dejamos de recordar que son representaciones parciales.

Quizá por eso algunas de las partes más interesantes de estos informes no sean las grandes cifras que llegan a los titulares, sino aquellas que revelan capacidad efectiva: quién controla recursos, quién dispone de presupuesto propio, quién puede ejecutar una decisión, qué institución ha perdido competencias, qué persona necesita autorización de otra para actuar.

Ahí dejamos de contar posiciones y empezamos a observar poder. Y ahí aparecen las monedas de cambio: presupuesto, tiempo, información, red de contactos, prestigio, capacidad de decisión, capacidad de bloqueo, recursos, conocimiento, dependencia…

Variables mucho menos fotogénicas que una estadística de representación, pero probablemente mucho más útiles para comprender cómo se reproducen determinadas estructuras.

Paradójicamente, necesitamos la especialización que produce todos esos estudios. Avanzamos a hombros de gigantes precisamente porque otras personas han dedicado años a observar partes de la realidad que nosotros nunca podríamos investigar con la misma profundidad. Pero acumular conocimiento no basta porque, parafraseando a Stiglitz: el conocimiento es la parte más importante en la producción de conocimiento.  Alguien tiene que volver a juntar las piezas.

Es decir, la especialización produce conocimiento, pero también puede producir ceguera sistémica cuando cada campo convierte sus propias categorías e indicadores en una representación suficiente de la realidad. Quizá por eso, ante cada nueva cifra, informe o diagnóstico, me resulten cada vez más útiles mis eternas, y «simples», preguntas:

    1. ¿Qué estamos midiendo?
    2. ¿Qué dejamos fuera al aislarlo?
    3. ¿La mejora de ese indicador sigue siendo relevante si cambia el sistema que lo contiene?

No tengo ninguna respuesta universal para ellas. No creo que la haya. pero sospecho que formularlas evita algo bastante más peligroso: creer que porque hemos conseguido medir un problema también hemos conseguido comprenderlo.

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