“Tal vez la brecha entre lo proyectado y la vida sea una tara intrínseca del proyectar”
Cuando leí esta frase en Arquitectura de las pequeñas cosas, de Santiago de Molina, me pareció una observación inteligente sobre la arquitectura y la vida cotidiana. Dos años después la leo de otra manera. La irrupción de la inteligencia artificial ha multiplicado nuestra capacidad para proyectar futuros, diseñar estrategias y producir discursos. Sin embargo, sospecho que esa antigua intuición no ha perdido vigencia. Al contrario.
Al releer mis notas comprobé que no habían envejecido. De hecho, la expresión «la brecha entre lo proyectado y la vida» me parecía hoy incluso más precisa. Porque esa brecha no describe un error de cálculo individual, sino una contradicción estructural del propio acto de proyectar.
De entrada, por más que lo olvidemos, lo proyectado y la vida ya difieren en la materia prima puesto que el proyecto se construye con ideas, la vida con tiempo y azar. Las ideas quieren ser perfectas, estáticas y controlables, mientras que el tiempo es dinámico, caótico e irreversible. Pretender que la vida encaje exactamente en un proyecto es como intentar esculpir agua con un martillo.
Por otro lado, está la paradoja del «Yo» que planifica. El proyecto es tu yo del pasado, pero, el que lo vive, es tu yo del presente. Cambiamos mientras caminamos hacia la meta y, al llegar, el premio suele perder su valor porque ya eres otra versión de tu persona.
El control es una ilusión
Proyectar exige asumir que el futuro es predecible, pero la realidad introduce variables infinitas que no podemos anticipar. Por eso conviene desconfiar de quienes prometen futuros perfectamente previsibles. Ningún liderazgo posee semejante capacidad. La historia está hecha, precisamente, de variables que nadie anticipó.
La brecha no es un fallo del plan, es la manifestación de la realidad imponiéndose sobre la teoría.
El filósofo existencialista Jean-Paul Sartre decía que la distancia entre lo que somos y lo que queremos ser es la fuente misma de nuestra angustia, pero que el ser humano está condenado a proyectarse hacia el futuro. Proyectar es necesario para moverse, pero la brecha es inevitable para seguir vivos. Si la vida coincidiera exactamente con el proyecto, dejaría de ser vida para convertirse en un guion.
La brecha nace precisamente porque el tiempo del proyecto y el tiempo de la experiencia nunca coinciden. Así, aparece el concepto del umbral, otro concepto maravillosamente explorado por Santiago de Molina en su reflexión sobre el significado de las puertas: Al espacio y el tiempo necesario para “cruzar” a su través seguimos denominándolo umbral.
Este desprecio por el umbral, este continuum que se transmite entre pantallas sin tocar suelo es, hoy en día, una fuente de angustia superior a la descrita por Sartre. Tal vez hemos olvidado que la vida sucede precisamente en esos espacios de paso que llamamos umbrales.
