Consultoría y realidades

¿Carl Sagan en el contexto actual?

Una de las imágenes HDR utilizadas por los investigadores en la que se observa el halo de la luz artificial nocturna en Madrid. Crédito: Alejandro Sánchez de Miguel/ESA/NASA

Hay ideas que toman forma de astilla, que no paralizan, pero incordian. En una reunión reciente alguien aludió, con cierta nostalgia, a Carl Sagan. No recuerdo bien por qué, pero fue el detonante que enlazó con otros bocetos de ideas que terminaron por materializarse en pregunta: ¿qué tendría que hacer hoy Carl Sagan para conseguir el mismo impacto que logró hace más de cuarenta años con Cosmos?

La primera respuesta apareció enseguida. Tendría un canal de YouTube, produciría documentales para plataformas de streaming, participaría en podcasts, utilizaría las redes sociales y dedicaría buena parte de su tiempo a explicar cuestiones tan decisivas como la inteligencia artificial, la crisis climática o la exploración espacial. Probablemente también combatiría la desinformación con el mismo empeño con el que defendió siempre el pensamiento científico y el escepticismo razonado.

Pero cuando una respuesta parece tan evidente, tan redonda, tan completa y definitiva, es que algo falla. Y apareció un segundo detonante, porque cuanto más pensaba en la pregunta, más dudaba de su correcta formulación.

La cuestión no es qué herramientas utilizaría Carl Sagan, ya sabemos que la tecnología cambia continuamente. Tampoco parece especialmente relevante si abriría un canal en YouTube, un pódcast o una comunidad en Discord. Eso pertenece al terreno de los formatos, no al de las ideas.

La pregunta que realmente me interesaba era otra y tenía más relación con lo extraordinario de Carl Sagan: ¿Sería posible despertar hoy la misma curiosidad profunda por comprender el mundo?

Porque fue mucho más que conseguir explicar astronomía a millones de personas. Lo extraordinario fue que personas sin formación científica descubrieran que la ciencia también podía formar parte de su vida cotidiana. Que hacerse preguntas era apasionante. Que comprender el universo no era un lujo reservado a especialistas, sino una forma de mirar el mundo con un poco más de humildad y un poco más de belleza.

Hoy, que vivimos rodeados de información, pero no necesariamente de conocimiento, esa tarea parece mucho más difícil. Nunca fue tan sencillo acceder a respuestas y, sin embargo, pocas veces resultó tan complicado distinguir cuáles merecen realmente nuestra confianza.

La paradoja es llamativa. Disponemos de mucha más capacidad tecnológica para divulgar el conocimiento y, al mismo tiempo, convivimos con un ecosistema donde el ruido, la velocidad y la polarización* convierten cualquier conversación en competición permanente por captar atención. Porque hemos universalizado la “sordera de padres”, que aprendimos a ejercer como hijos para escuchar sólo lo que nos interesaba, a una «sordera selectiva» extendida hasta incorporarla como sordera conductual de serie que se acomoda entre sesgos y falsas nostalgias.

En ese escenario resulta fácil pensar que alguien como Sagan acabaría diluido entre algoritmos, titulares llamativos e infinidad de voces que también reclaman autoridad. Sin embargo, como siempre, quiero pensar que existe un punto de fuga. No porque la sociedad haya dejado de ser vulnerable a los embaucadores, que más bien proliferan y han multiplicado sus altavoces, que curiosamente en gallego se llaman “altofalantes”.

Lo que ha cambiado de forma radical es el contexto. La charlatanería suele apelar al miedo, a las certezas absolutas y a la necesidad de confirmar nuestros prejuicios. La buena divulgación, en cambio, apela al asombro e invita a convivir con la incertidumbre. Nos recuerda que cambiar de opinión no es una derrota, sino una consecuencia natural de seguir aprendiendo.

Quizá ahí resida hoy la mayor diferencia. En una época donde cualquiera puede parecer convincente durante unos minutos, la autenticidad y el rigor se han convertido, paradójicamente, en la única ventaja competitiva capaz de resistir el paso del tiempo.

Aquí saltó otro detonante que me impulsó poner palabras concretas a qué es lo que ha cambiado en el papel de la divulgación, qué visión y cualidades implican esos cambios. Porque hace décadas el reto consistía en acercar información especializada a la ciudadanía, pero hoy el problema es liberarnos del acoso de tanto exceso.

El verdadero valor ya no consiste únicamente en explicar hechos, sino en ayudar a interpretarlos. En separar lo importante de lo accesorio. En ofrecer contexto allí donde abundan los fragmentos inconexos.

La realidad también sufre de contaminación lumínica. Antes los letreros indicaban, ahora sus destellos nos inundan de pura confusión. Quizá mejor el faro que nos permite acotar las sombras de tranquilidad para pensar. Vaya, que igual hoy Carl Sagan ni siquiera intentaría ser un gran divulgador científico. Creo que su mayor valor estaría en su capacidad para seguir siendo un educador de la mirada.

Porque Cosmos nunca fue únicamente una serie sobre astronomía. Era una invitación a contemplar el universo —y a contemplarnos— desde otra perspectiva. La ciencia aparecía unida a la historia, la filosofía, el arte o la literatura con una naturalidad que hoy seguimos echando de menos.

Tal vez esa sea la principal tarea pendiente. No necesitamos más personas capaces de explicar cómo funciona la inteligencia artificial. Necesitamos personas capaces de enseñarnos a pensar mientras hablamos de inteligencia artificial, o de muchos otros temas.

No necesitamos más respuestas inmediatas, necesitamos mejores preguntas. Sin duda esta es la mejor estela para seguir el legado de Carl Sagan. No tanto haber explicado el universo, como haber demostrado que la curiosidad también puede ser contagiosa.

Quiero pensar que ese contagio sigue siendo posible. Que, incluso entre tanto ruido, sigue existiendo algún punto de fuga por el que todavía pueden entrar el rigor, la belleza y el deseo de comprender el mundo.


* Nota mental: Polarización es una palabra peligrosa que no se puede seguir usando porque asienta marcos inamovibles. Pendiente de reflexión.

Compartir

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.