Aún no he podido leer El futuro de la democracia de Daniel Innerarity así que cuando me dispuse a escuchar su presentación en la Fundación Telefónica, donde además compartía mesa con Mariam Martínez-Bascuñán y María Eugenia Rodríguez Palop, lo hice sin más equipaje que la curiosidad y la hoja en blanco donde ir anotando aquello que me obligara a detenerme.
Y cuando lo lea, tampoco escribiré reseña, no suelo hacerlo, al menos no al uso porque lo que suele atrapar mi interés, son las conversaciones que algunos libros consiguen provocar. Tal vez por eso, mientras escuchaba hablar sobre democracia, política, tiempo o inteligencia artificial, tuve la sensación de que, en realidad, la conversación discurría por otro lugar. No trataba únicamente de las instituciones, sino de las condiciones que hacen posible que esas instituciones sigan teniendo sentido.
Vivimos rodeados de diagnósticos sobre el deterioro democrático. Unos responsabilizan a los líderes, otros a las redes sociales, otros a los populismos, otros a la ciudadanía. Sin embargo, hubo una idea que fue apareciendo desde perspectivas distintas a lo largo de toda la conversación: la erosión de las condiciones del juicio.
No basta con que exista información si cada vez resulta más difícil construir criterio. Ni con que existan elecciones si el horizonte temporal de la política termina en la siguiente cita electoral. Tampoco basta con que existan derechos si la sensación compartida es que el futuro ya no se reparte, sino que se disputa. Se diría que todo está en disputa.
Quizá la democracia no empiece en las urnas, sino mucho antes. Sinceramente creo que empieza, o debe empezar, allí donde una sociedad es capaz de mantener espacios de conversación que generen instituciones dignas de confianza. Donde pueda haber tiempos suficientemente largos para pensar y ciudadanías que aún conservan la posibilidad de distinguir entre el ruido y el argumento.
Escuchando la intervención de Mariam Martínez-Bascuñán recordé una idea a la que llevo tiempo dando vueltas: el problema no es solo un problema de desinformación, sino que estamos perdiendo la capacidad para juzgar la información.
Mucho más que un juego de palabras
Como buena optimista existencial, o estructural como me dice un amigo, me digo que mientras no perdamos el interés, hay esperanza. Porque hay una gran diferencia entre no saber y dejar de poder saber. La primera se puede resolver aprendiendo. La segunda afecta al propio funcionamiento de la sociedad.
Después apareció una palabra que la RAE aun no contempla, aunque debería: juristocracia. Y no solo me gusta por lo que tiene de provocación y realismo, sino porque condensa un fenómeno que llevamos tiempo observando y que necesita ser nombrado.
Cuando una sociedad traslada cada vez más conflictos a los tribunales, quizá el problema no sea únicamente jurídico sino tan solo el síntoma de que otros espacios —la política, la negociación, la mediación o la confianza— han ido perdiendo capacidad para afrontarlos en el marco que le es propio.
Las palabras nuevas no siempre nombran realidades nuevas. A veces simplemente iluminan aquello que ya estaba ocurriendo delante de nosotros. Lo cierto es que terminé con muchas notas y pocas respuestas. Y eso, para mí, suele ser una buena señal porque los libros más interesantes no son los que confirman ideas, sino los que afinan las preguntas.
Supongo que ese será el enfoque de mi lectura de El futuro de la democracia, no buscando una explicación definitiva sobre la democracia, sino un mejor lenguaje para pensar en los mecanismos que necesita una sociedad para seguir construyendo futuro en común.
Quizá esa sea una de las preguntas más importantes de nuestro tiempo: no quién gobierna sino qué es lo que hace posible que todavía podamos imaginar un futuro compartido.
Hay cuestiones que parecen muy básicas, pero si seguimos abriendo conexiones sin detenernos, llega un momento en que las ideas se vuelven difíciles de habitar.
