Una sola carta… [casi real]

«Cabrían al menos dos discos duros como el que llevo en el bolso», pensó, dibujando suavemente el relieve de aquellas letras compactas e insinuantes que parecían proyectar un mensaje confuso a través de su piel. Se detuvo en la curva inferior de la S y la tapa cedió…

La acera se había ido llenando de adolescentes uniformados que taladraban su silencio así que improvisó la foto y cruzó, aprovechando el atasco, sin esperar a que abriera el semáforo. El otro lado de la calle bordeaba la muralla del mercado y estaba casi vacío. Desde allí, la vista destilaba abandono de antiguos esplendores y provincianismo de primera línea. La media distancia le permitía observar toda la hilera de casas, con sus dos plantas de fachadas descuidadas y balconcitos minúsculos, como hechos para ver pasar las horas, para sentir los minutos y los pensamientos, para fundirse en el deseo de la carta esperada…

El relieve dorado en medio de aquella verja opaca seguía brillando mientras conducía de regreso. Sólo aquel sobre cuidadosamente caligrafiado y nada más, como si el correo comercial o la propaganda no se atrevieran con la contundencia del mensaje: CARTAS.

Pensó de nuevo en el disco duro que llevaba en el bolso y recordó que hacía tiempo que no actualizaba la copia de seguridad del correo electrónico. “¿Y para qué?”, se preguntó, “¿para qué guardar el vértigo de esa inmediatez sin huella?”  Bajó la ventanilla, relajó la espalda contra el asiento, y dejó que el acelerador se acomodará a esta nueva certeza que empezaba a intuir. «Estaba» un día precioso.

7 Responses to Una sola carta… [casi real]

  1. Goio Borge 29 enero, 2012 at 14:12 #

    A veces, en momentos de nostalgia, echo de menos no escribir ya cartas, y también no recibirlas. Quedan algunos vestigios: amigos que todavía felicitan la Navidad por correo, u otros que envían una postal de un viaje en un destino exótico. Pero cada vez son menos, y aunque me guste recibirlos (casi como quien tiene la suerte de participar en un milagro), entiendo que puedan seguir haciéndolo a otros que sí les respondan, al contrario que yo. En su día, en cierto modo, me gustaba considerar las cartas personales como ventanas de papel. Hoy, serían, tal vez, como un link a una nueva website…

    (‘Estaba’ un día precioso no me suena demasiado bien; es expresión usual en gallego tal vez?)

    • Isabel 29 enero, 2012 at 19:01 #

      Goio, pues tienes razón con lo de la expresión final. Lo que es peculiar en gallego es la utilización de los verbos “ser” y “estar”. Aunque yo hablo habitualmente en español es obvio que la estructura se contagia. Le voy a poner comillas para realzar literariamente esa extrañeza que provoca.

      Lo de la nostalgia es cierto, pero más por lo que implica que por la carta en sí. Nos da la sensación de vivir más rápido pero creo que es al revés. Antes, en el tiempo que esperabas contestación a una carta seguíamos viviendo, madurando… Esta inmediatez de ahora es como si nos mantuviera en vilo constantemente esperando respuesta. Como la fruta de invernadero, lo que madura demasiado rápido también se pudre antes. Además, encontrar una carta recibida hace años evoca sensaciones, pero revisar una carpeta en tu bandeja de correo no es lo mismo. No conservan el mismo sabor, es casi como si no hubiera pasado.

      En fin, que me pareció adorablemente provocador el buzón con sus letras en relieve 🙂

  2. Daniel 29 enero, 2012 at 18:46 #

    Una ya no espera caligrafía detrás de la verja: todos los días panfletos chillones de restaurantes chinos que entregan comida a domicilio, dos pizzas al precio de una que llegan en moto, alguna carta en japonés y antetodo, sobres. Sobres con una ventanita de plástico que yo misma he pagado, y la prueba está en que a través de la ventana se lee mi nombre y mi dirección. Envuelta en un sobre parece más lujosa que los panfletos chillones, pero es como una daga envuelta en terciopelo: son las facturas embaladas en un sobre con ventanita transparente. Las facturas de la luz, el agua, el calor, esos conceptos tan universales que no deberían ser propiedad de nadie pero que, por lo visto, según el banco, hemos de pagar. Pagar por la luz del día, el agua del mar, el calor del sol. Y por las pizzas en moto y los restaurantes chinos que envían a chinos en moto para entregar comida a domicilio que no entra por la rendija reservada a la correspondencia, por la que apenas caben un par de discos duros.
    Por eso sorprende la caligrafía sobre un papel color hueso, con un matiz dorado, y la tinta azulada temerosa de recibir alguna gota del cielo limpio en un día precioso. Leo el remite y espero a alcanzar el segundo piso para deshojarla tranquilamente, con la luz de mi balcón minúsculo, como hecho para ver pasar las horas, los minutos y los pensamientos.

    • Isabel 29 enero, 2012 at 19:15 #

      ¡Bravo! ¡Como me gusta…! 😀

      La leyó lentamente, saboreando cada palabra y dejándose acariciar por la poderosa dulzura de aquellos trazos que habían sido dibujados para ella. Por la noche la volvería a leer, o no, mejor mañana. La colocó en el centro del escritorio junto al papel en blanco. Tenía tantas cosas que contar, tantas nuevas preguntas…

      Podríamos continuar con el experimento. Te toca proponer desde tu blog. ¡Un abrazo!

  3. Avisnigra67 30 enero, 2012 at 10:45 #

    Muy buen relato!

    Entre la carta y el disco duro… Es como oponer sentimiento frente a números. Lo siento por el eficiente disco duro, pero para mí no tiene opción.

    Un abrazo (también postal)

    R.

    • Isabel 30 enero, 2012 at 22:40 #

      No, también lo creo, no hay opción. Los discos duros son buenos para algunas cosas, pero no para otras, ¿verdad? Y desde luego nada como una buena conversación con un par de cañas.

      Gracias Ricardo! 🙂

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  1. Una sola carta… [casi real] | IG - 29 enero, 2012

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