Instantes para la eternidad [casi real]

Todo el mundo hacía fotos así que, a pesar del pudor que le producía la escena, se había acercado para captar esos ojos que miraban a la nada. Sentía tan fuerte su dolor que no le quedaba sitio para la admiración.

Se enteró después que el espectáculo era un clásico así que para la gente de la ciudad la inmortalidad de su instante se integraba en lo cotidiano. Quienes nos íbamos sumando al nutrido grupo que se iba relevando bajo el sol implacable sólo estábamos de paso.

Sólo ahora, observando la fotografía, podía pararse a apreciar el arte de tanto realismo, la composición, los gestos, los detalles… Se preguntó cuantas horas pasarían allí cada día y sintió el dolor de sus músculos aguantando esa postura infame y la impotencia de sus cerebros coreando la inmovilidad.

Pero no era ese el dolor que le había traspasado, sino el de la inmoral exposición de su intimidad. Petrificados entre lo cotidiano… ni siquiera en uno de esos momentos mágicos que la mente atesora y en los que vamos apoyando nuestra existencia. Esos que elegimos cuando “nos contamos” a la persona querida o el abrazo de ternura con el que dejamos que la piel comunique lo que las palabras no aciertan a contar.

Mirando ahora a los gemelos petrificados se preguntaba si sería posible elegir un solo instante para detener el tiempo y entonces surgió en su mente una frase leída pocas horas antes. Porque, en verdad… basta un solo minuto para hacerte perder la eternidad.

11 Responses to Instantes para la eternidad [casi real]

  1. Goio Borge 17 septiembre, 2011 at 12:29 #

    Ay, las esculturas humanas callejeras, tan fascinantes la primera vez que se ven (en mi caso en Barcelona hace mucho tiempo), y tan cansinas después. Para mí, su mayor exposición, cuando si les veo entre personajes cotidianos y algo patéticos (aunque con pundonor), sucede en los momentos en que se van maquillando, o en que están recogiendo el tinglado, cuando la magia que pretenden ya no está, y los niños ya no se acercan con las breves monedas de sus padres en las manos.

    • Isabel 18 septiembre, 2011 at 9:59 #

      Goio, pues a mi me siguen resultando tan fascinantes como la primera vez que las vi, hace también bastantes años, pero esta me impresionó de una forma especial. Lo que nunca me ha coincidido es ver los previos y el momento de recoger y, tratando de imaginarlo, creo que tienes razón en lo que dices.

      Lo que me suele ocurrir es que con esta tendencia mía a ir relatando mentalmente, tiendo a intentar atravesar la estatua para merme en su historia solo que cuando estoy en mi entorno habitual la cabeza vuelve enseguida a lo cotidiano y la historia queda en el inicio. Quizá el hecho de estar fuera, entre el anonimato de la muchedumbre contribuyó a ese especial efecto que me causaron los gemelos. Pero es que este sol implacable, y esa mirada… O_o

  2. Juana 17 septiembre, 2011 at 14:47 #

    A veces hay instantes, yo diría que milésimas de segundo, en que uno se expande …. pero como bien dices, hay otros, en que uno se comprime, como si te convirtieses en un agujero negro, pierdes todo el espacio, todo el tiempo, toda la materia …. te quedas sin nada, a oscuras, sin referencias posibles …. hay que aguantarlo, hasta que vuelve a crecer y expandirse …. es como el espacio casi imperceptible entre una inpiración y una expiración, el espacio vacio entre el Amor y lo que parece su ausencia …. el espacio vacio entre lo tengo todo y me quedo sin nada …. ahí está, lo bueno es darse cuenta …. movimiento eterno ….

    • Isabel 18 septiembre, 2011 at 10:17 #

      Es cierto Juana, incluso esos instantes a menudo van juntos porque ese breve gozo de eternidad nos lleva a la inmediata pérdida de nosotros mismos, del tiempo, de la materia… Ese “quedarse sin nada” tras haber rozado la eternidad es duro, pero ese tránsito es el que nos permite aprender a irnos construyendo interiormente con lo mejor que tenemos y con todo lo bueno que nos vamos encontrando.

      Son el refugio para saber que somos capaces de sentir y atrapar esas pequeñas ráfagas y que sólo depende de nosotros el visualizar el movimiento entre referencias que nos hacen sentir bien. Aceptar lo cotidiano decidiendo elegir sonreír y continuar.

      Gracias Juana, tu comentario me ha transmitido paz y me ha hecho sonreír 🙂

  3. cumClavis 18 septiembre, 2011 at 8:55 #

    Al final he decidido no escoger ningún momento en el que detener el tiempo para no perderme el movimiento que seguramente encierra…que es lo que seguramente me cautiva y lo que me hace desear la eternidad, un concepto íntimamente ligado al tiempo.

    Pensar en detener el tiempo supone bloquear la misma esencia del Universo, donde todo gira y se desplaza en un eterno movimiento. Quizás sea esta la inquietud y el estupor que despiertan los “buenos quietistas”, en los que acechamos insistentemente un índice de movimiento para librarnos de la posibilidad de que haya retorno a una “nada” que se perdió en aquella explosión primigenia y que imprimió en todo un movimiento “constante”…

    • Isabel 18 septiembre, 2011 at 10:26 #

      Manel, quizá es lo bueno que nos va dejando la experiencia, el saber que aspirar a detener el tiempo es la peor de las renuncias. Quizá en su movimiento, la Vida reste parte de esa exaltación que nos impulsaba a querer detenerlo, pero nos aporta la referencia que decía Juana para saber cómo construirnos.

      Para mi la “nada” está en no saber asimilar la fugacidad, pero también en no ser conscientes de qué es lo que nos importa y lo que nos hace sentir bien. Si la he sentido es que existe y esa es la esencia que me gusta conservar… y en la que me re-conozco. Es lo que me da fuerza para sumergirme en la vida, para intentar disfrutar cada momento pero atesorando aquellos que más me importan y que, tal vez, algún día vuelvan. Porque también basta un solo minuto para «ganar» la eternidad…

      Además de vivir, hay que ver lo que filosofamos, ¿verdad? 😉

  4. Daniel 18 septiembre, 2011 at 13:45 #

    Pues, más que con la eternidad (ese concepto tan propio para filosofar), yo prefiero quedarme con la piel que comunica, el dolor de los músculos y el estupendo «nos contamos».
    Por otro lado, son tan curiosos los efectos de sumergirse en una masa… el anonimato, la difusión de responsabilidades… me pregunto qué otra reflexión hubiera tenido lugar de encontrarte tú sola.
    Un saludo.

    • Isabel 18 septiembre, 2011 at 17:10 #

      Daniel, es que ese «nos contamos» tampoco sucede tan a menudo, por eso roza la eternidad. Yo no sé lo que le ocurre a los demás pero soy incapaz de sumergirme en la masa, de sentirme parte de ese todo indefinido. A mi me aísla y me hace desear con más fuerza el imprescindible medio metro cuadrado para identificar y respirar mis emociones.

      ¿Y esta vez no hay crítica constructiva de mi tutor? 🙁

  5. Daniel 19 septiembre, 2011 at 11:37 #

    Está implícita, Isabel, muy, muy escondidita… ; )

    • Isabel 21 septiembre, 2011 at 9:04 #

      La intuyo, espero acertar.
      Ha sido un placer conocerte en Madrid. Lo reflejaré convenientemente en cuanto me sumerja en tu libro 🙂

      Un abrazo

Trackbacks/Pingbacks

  1. Instantes para la eternidad [casi real] | IG - 17 septiembre, 2011

    […] Publicación original: enPalabras […]

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies