The Wire, universos y reglas

Escrito para Qvemos, la red social de tv, cine y webseries

Mi primer contacto con The Wire me llevó directamente al desamor. Demasiados personajes y un ritmo que no encajaba con mi escasa capacidad de evasión de entonces me llevaron a sentenciar que “no era para mí”. Recuerdo perfectamente esta sensación pero jamás la entenderé. Ni siquiera me planteé una segunda oportunidad.

Pero llegó agosto con sus días largos y su hechizo nocturno en que me dejé llevar por la insistencia de mi aconsejador oficial… y el desdén se convirtió en pasión. Con el segundo visionado pendiente, que caerá, el universo The Wire sigue perfectamente definido en mi recuerdo.

Me sumergí en ella sin saber de que iba, ni su estructura, ni su argumento, así que la fui saboreando paso a paso, sin perspectiva, anotando frases y secuencias y disfrutando de excelentes comentarios en familia. Si bien es cierto que me declaro fan absoluta de las series, The Wire ocupa un lugar especial en mis preferencias.

Visto en perspectiva, y en el marco de una magnífica construcción narrativa, cobra valor cada personaje, cada trama… y la propia estructura que fui deduciendo antes de comprobar por donde caminaba el universo The Wire. Pero lo que más me llamó la atención fue el juego de reglas, las no escritas, las que en la calle se formulan con toda claridad y, en el fondo, constituyen la esencia de todo el entramado socioeconómico. En mi euforia de entonces, incluso las fui capturando para guardar el momento, más que la cita.

Regla I: Porque sí, ¡Es un país libre! La proclamada libertad! Esa que nos estorba cuando no prevalece la nuestra. Pero también la que a fuerza de despojar de significado las palabras, se nos va diluyendo en la mediocridad al olvidar que la libertad implica responsabilidad.

Regla II: No es cosa tuya.  No preguntes, no cuestiones, no pienses.

Regla III: Si no juegas, no puedes ganar Ö… ¿no puedes perder? Justo el punto de la mediocridad. La que pretende beneficiarse del juego sin mancharse, sin mojarse, cogiendo lo mejor y, el resto… que se las apañe.

Otros momentos magníficos, como la metáfora del ajedrez, quedaron en mi lista de lista de pendientes, pero esto es Internet, no hay nada que no esté.

Si capturas al rey del otro tipo, ganas el juego. El también quiere capturar a tu rey, así que tienes que protegerlo. El rey se mueve un espacio en cualquier dirección que escoja, porque es el rey. El no puede moverse rápido… pero el resto de los malditos del equipo… lo protegen.

… ¿Y que hay de los peones de aquí? Son como soldados.

Se mueven así, solo un espacio hacia delante, excepto cuando pelean. Y son como el frente de batalla. Están siempre peleando.

¿Y cómo te conviertes en rey?

No se trata de eso. Mira, el rey es el rey, ¿de acuerdo? Todo permanece igual excepto por los peones. Si un peón llega hasta el lado contrario del tablero… se convierte en reina. Y como dije, la reina no es ninguna boba. Ella tiene todos los movimientos.

Bien, entonces… si llego hasta el otro lado, ¿yo gano?

Si atrapas al rey del otro tipo, entonces ganas.Pero si llego hasta el otro lado… soy el líder

No, no es así, mira. En el juego, a los peones se los mata fácilmente. Salen del juego muy rápido. A menos que sean unos peones inteligentes…

Jugar con reglas claras tiene sus ventajas, ahora que todos nos creemos reyes pero caemos como meros peones cuando la estructura se tambalea.

¿Somos tan inteligentes como nos creemos? Parece que la ciudadanía de Baltimore no participa del entusiasmo generado por el universo The Wire pero encuentro que la esencia es común y trasladable a cualquiera de nuestros occidentalizados entornos. Especialmente las tramas centradas en la política y sus luchas de poder, el concepto de educación y el papel de los medios de comunicación tradicionales.

Reconozco mi tendencia a la reflexión y la perspectiva social pero The Wire es, además de todo esto, una serie para disfrutar.

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