«Los tiempos felices en la humanidad son las páginas vacías de la historia»

Lo decía Leopold von Ranke, padre de la historia «científica», en el siglo XIX o, en palabras de otro alemán universal, Goethe, «los pecados escriben la historia, el bien es silencioso».

Todo proceso de reflexión sobre la propia vida, no es más que cuestinar si lo que tenemos es lo que queremos. Pues bien, si lo que queremos es que nuestra convulsa etapa actual se recuerde, podemos estar tranquilos. Creo que incluso hemos excedido el cupo de barbaries para escapar del anonimato.

Decía Jose Antonio Marina en los lenguajes fracasados que «entender y entenderse, no es una destreza intelectual, sino un gran proyecto ético«. Que hay dos grandes deseos que mueven a la humanidad, el bienestar (físico y moral) y el aumento de posibilidades, pero necesitamos los dos, y en equilibrio, porque el «pacifismo confortable» cansa y el «cambio continuo» agota. Obviamente, la búsqueda del equilibrio es difícil, por eso convivimos tan fácilmente con las atrocidades, por eso nos hemos convertido en colaboracionistas de la cultura de la mediocridad y el engaño.

Si bien estoy de acuerdo, la explicación resulta insuficiente. Es evidente que tras la falta de entendimiento se esconden la obviedades y objetivos de siempre, es decir, poder y dinero. Que nos escondemos en el pasotismo generalizado como autodefensa para disfrazar la impotencia contra esta «sociedad infartada«, a la que contribuimos incoscientemente, como los monocitos que se suicidan cuando se sienten incapaces de cumplir con su misión de limpiar la grasa de nuestras arterias. La fuerza de lo pequeño, que solemos despreciar y sobre la que reflexionan tan sabiamente ValentínFuster y José Luis Sampedro en «La ciencia y la vida«.

No importa que el sistema nos esté enseñando los dientes, que la ambición desmesurada nos amenace con dejarnos en la cuneta del bienestar. Se nos escurre la dignidad entre portadas con fecha de caducidad y escodemos nuestra responsabilidad en debates de pacotilla. Padecemos una miopía moral que sólo nos permite reconocer genocidas y dictadores en las páginas de los libros, porque la historia sigue dando la razón a Stalin en que «Una muerte es una tragedia. Un millón de muertes, una estadística«.

A la velocidad a la que se encadenan las barbaries, no puedo evitar decir que odio a la gente y adoro a las personas, porque la torpe humanidad pisotea una y otra vez la misma senda para repeitr sus errores con una tozudez desesperante. Como si una epidemia de ceguera generalizada nos condenara a no dejar hueco para alguna «página en blanco».

Y yo aquí, tan impotente y paralizada como el resto. Intentando autojustificarme porque hay problemas que no puedo resolver. Soy observadora, curiosa, pensadora, dispersa. Sin embargo a veces me atenaza un curioso conservadurismo que me bloquea el cambio que yo misma promuevo. Me veo de repente como una maniática del concepto, una esclava del sentido común. Una alquimista de los miedos que necesita salir del laboratorio, una rebelde a la que le sobran causas y le faltan caminos. Hay días que me cuesta «estar encantada de conocerme a mi misma».

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